El 25 de noviembre de 1864, Julio Verne publicó una de las que se convertiría en una de sus novelas de aventuras más famosas, “Viaje al centro de la Tierra”. En esta historia, un joven y su tío emprenden, siguiendo las instrucciones de un viejo manuscrito, una expedición que pretendía llegar al interior del planeta entrando por el impronunciable volcán islandés Snaefellsjökull. Dentro de la Tierra encontraron que ésta estaba hueca, hipótesis que muchos científicos de la época defendían, y que había de todo: desde océanos y bosques de hongos hasta dinosaurios y nubes de tormenta. Una locura.
Sin embargo, pese a ser una de las novelas de aventuras y ciencia ficción más famosas de todos los tiempos, actualmente sabemos que el interior de la Tierra no tiene nada que ver con el mundo que describió Verne, apasionado divulgador científico. ¿Por qué, sin embargo, Verne describió la Tierra de esta forma? ¿Cómo sabemos que el interior terrestre no es así si nunca hemos llegado hasta él?
¿Cómo se puede llegar al centro de la Tierra?
Sencillamente, no se puede. Demasiado profundo. Para que te hagas una idea un poco más gráfica, si el radio de la Tierra (aproximadamente 6.000 km) lo redujéramos a una persona que midiera 2 m de altura (Pau Gasol, por si quieres algo todavía más concreto), el espesor de la corteza sería de aproximadamente 6 mm, poco más que la capa de caspa que pudiera presentar el señor Gasol. Si quieres reducir la Tierra a una sandía de 30 cm de radio (una sandía muy generosa), la corteza sería una fina capa de 0,1 mm.
Si quieres saber cuál ha sido la máxima profundidad que el ser humano ha alcanzado haciendo uso de las más potentes máquinas perforadoras de las que dispone, te podemos decir que el hoyo más profundo que jamás se ha cavado fue en la península de Kola (Rusia) y su tamaño es de 12 km, algo así como 4 mm de la caspa de Gasol o 0,06 mm de la corteza de la sandía (algo así como el espesor de una capa de células).
Los científicos han propuesto varios modelos de cómo se suponen que es el interior de la Tierra. Dichos modelos se concretan en dos: el modelo geoquímico, que se basa en la composición química diferenciada de las diferentes capas internas del planeta y el modelo geodinámico, que se basa en el comportamiento mecánico de los materiales y permite explicar la teoría de la tectónica de placas. Ambos modelos están necesariamente relacionados, en realidad, puesto que la composición química determina la respuesta de los materiales a los esfuerzos físicos y su dinámica.
¿De dónde sacan esos modelos los científicos?
A pesar de que no nos es posible darnos un paseo por el interior de la Tierra, los científicos a los que les interesaba el tema se las han ingeniado con el paso de los años para deducir qué aspecto tiene. En cuanto a su composición química, algunos han estudiado los materiales que han emergido del interior de la Tierra en forma de magmas, masas de roca fundida cuyos minerales se encuentran en formando líquidos viscosos a causa de las altas temperaturas. Conforme la temperatura de las masas magmáticas desciende, los minerales (que no dejan de ser sustancias químicas) se solidifican y forman rocas que los geólogos pueden estudiar sin necesidad de quemarse. Así, se ha deducido que la composición de la Tierra (por lo menos, la inmediatamente inferior a la corteza sólida que pisamos) es de óxidos de silicio ricos en metales como el hierro y el magnesio. A veces, llegan a la superficie masas de cristales de estos minerales desde las profundidades (xenolitos), como son los grandes olivinos sólidos envueltos en magmas que enfrían en superficie y que a veces se encuentran a los pies de algunos volcanes, mismamente nuestro Teide.
Para estudiar el centro de la Tierra, los científicos tuvieron que ser más creativos. Algunos tuvieron la suficiente imaginación como para dirigir su vista fuera de las rocas terrestres y centrarse en el estudio de los meteoritos, o rocas espaciales. Existiendo muchos tipos de meteoritos, algunos son particularmente ricos en hierro. Se observa, pues, que el hierro es un metal muy abundante en el espacio cercano, y si damos por hecho de que los meteoritos son los escombros que quedan de la formación de los planetas como la Tierra, es de suponer que el hierro debería ser muy abundante en la corteza terrestre. Cosa que no es tan cierto como cabría esperar. Por ello, los geólogos que estudian el núcleo están convencidos de que está compuesto de metales, fundamentalmente de hierro, que gravitaron hacia el centro del planeta cuando éste aun era una masa de rocas fundidas en crecimiento. El hecho de que exista un campo magnético que envuelve al planeta (el mismo que hace funcionar las brújulas o guía a las aves en sus migraciones) nos hace pensar que, efectivamente, hay un gran componente metálico con propiedades magnéticas en el interior de la Tierra.








0 comentarios:
Publicar un comentario